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El General en su laberinto

Que no parecías mal tipo, dice ahora la gente, hablando en pretérito imperfecto, como con un muerto de los Valdivia.  Que no parecías mala persona, que eras un humilde, aseguran tras tu degollación en esta provincia de invernaderos. Es lo que tiene perder o morirse, o caer en la vida, en esta Almería nuestra: que en seguida surge la piedad azañista por todas las esquinas, como contrapunto del ‘Abajo el que suba’, tan  de marca nacional, como la pachorra de Del Bosque.

Fuiste recibido a arcabuzazos, cuando Pablo Iglesias te nombró digitalmente candidato podemita, hace ahora  más de un mes -y parece un siglo- como aspirante a un escaño en San Jerónimo por la circunscripción de la vieja Bayyana: “un cunero más”, “un hombre de la guerra”, “un mando de la Otán, antes preferimos al mono Amedio”, es lo más fino que te dijeron nada más bajarte del Talgo de Madrid con el plano de Dora la exploradora entre tus manos rugosas.

Los siete Infantes de Lara en el Cervantes
Ahora que te la has pegado (que te las has vuelto a pegar, la primera fue en Zaragoza antes de la Pascua), eres un bueno, Julio. Y qué va ser de tí ahora, General: quisiste cambiar este país, por tus hijos, por tus nietos, porque estabas ilusionado por Almería, como cuando soltaste en el escenario del Teatro Cervantes, susurrándole al micro, como hace otro Julio cantante, aquello de “El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de la esperanza perdida”, y la platea se venía abajo de aplausos. Te arroparon, Julio, los Siete Infantes de Lara que vinieron de Castilla a tierra de moros en esa tarde en la que  en el Coliseo almeriense no cabía ni la hebilla de una correa cuartelera más. Con la Plaza de Pablo Cazard y la del Poeta Villaespesa llena de simpatizantes sin entrada. Hasta Rosalía y Pepillo el Barbero, con lo que son Rosalía y Pepillo, se quedaron fuera.

Bueno, y ahora qué, Julio, sin escaño, sin leones que mirar, sin tocar pelo de poder. Con lo fácil que hubiera sido que tu valedor te hubiera colocado en una posición de salida en Madrid, si tanto te quería, y no fiar tu acta al albur de cómo se levantasen los votantes en esta insula Barataria el pasado domingo.

Cuentan que en la noche del domingo, con los ojos vidriosos de rabia, oyeron preguntar a Pablo, al que los jubilados del Círculo Mercantil llaman el Coletas y él no se ofende, que qué había pasado en Almería, que no lo entendía, que había bajado a apoyar a Julio con toda la artillería, “con la sonrisa de este país”: cuándo se jodió el Perú, Zabalita.

Y se jodió la otra noche de recuento, Julio, cuando iban corriendo los minutos -como ayer en Saint Dennis, con Iniesta mordiendo el polvo- y no  te acercabas ni por asomo a la cifra necesaria de papeletas: más de 1.600 afectos almerienses te faltaron, un mundo Julio. Qué desolador, teniendo en cuenta que tu predecesor un tal David Bravo, un abogado con nombre de cantante músico-vocal, ganó su escaño sin aparecer por aquí.

Así de injusta es esa manada bovina llamada electorado, que no tiene en cuenta méritos de guerra como en el ejército, ni reconoce galones ni medallas, como la tuya de San Hermenegildo. Otro gallego con querencia a las Rías Baixas, no como tú hijo recio del Miño,  ha ganado las elecciones y te debes haber quedado más planchado que el traje  de Richard Gere en Oficial y Caballero, aturdido  por el puño del  Zarpazzo y la vaina del Sorpasso.

Y ahora qué Julio, después de esos cafelitos en el Kiosco Amalia sin recompensa en las urnas, de ese paseo bucólico y pastoril con los otros candidatos, desde la Puerta Purchena hasta Simago, como los novios de antaño, después de ese debate en Canal Sur recibiendo advertencias de Rocío Amores, tú, que tantos órdenes has tenido que dar desde que Carmen Chacón, la hija de un  mecánico de Olula, te nombro Jefe del Estado Mayor de la Defensa, todo un logro para tí Julito y un orgullo para don José, aquel buen aviador de Franco que fue tu padre.

Ahora qué, después de  noches sin dormir entre las sábanas del vetusto hotelito de La Perla, a los pies de San Cristóbal, en el que no crees, pero por si acaso.

Cuándo se jodió Almería, se preguntaba Pablo tras el recuento de votos, mientras el general errante aparecía en el plasma en el cuartel podemita del barrio de Los Angeles, con cierta sensación de desilusión entre el resto de candidatos. Allí estaban Antonio, Lucía y su semilla, Mónica, Rosalía y otros muchos militantes y simpatizantes de esa improvisada coalición llamada Unidos Podemos, que suena al Juntos Podemos tan almeriense y de Megino.

Allí estaban, en la sede de la Asociación de Vecinos La Palmera, asistiendo a esa sangría tuya -porque tú eras el mascarón de proa- de 11.000 votos menos que hace seis meses, a esa muerte lenta, como cuando tus antepasados agonizaban durante horas con la metralla en carne viva, entre las dunas del Rif. Toda esa hemorragia mortal te la podía haber ahorrado tu amigo Pablo, si te hubiera colocado con la aristocracia podemita de Madrid.

Pero te mandó de reemplazo, como a un quinto, al sur del sur: un general facturado a la melancólica tierra del Sargento Pepper’s y la banda de los corazones solitarios.


Cuándo se jodió Almería
¡Cuándo se jodió Almería!, preguntaría el ideólogo del nuevo comunismo por todos los rincones, en la noche electoral, más preocupado quizá por el cadáver de su amigo Julio que por la pérdida de la Alcazaba almeriense. Sin entender, el profesor de las cadenitas de cuero y los pantalones de Alcampo, cómo en Almería, en el 26j, 1+1 no fueron 2, sino -1, con respecto al 20D, con el resultado de un Julio decapitado en junio.

No hay mal que por bien no venga: ahora podrás cuidar a tus nietos, como tu abuelo te cuidó a tí, antes de que fueses un piloto de combate, antes de que te motejasen como Julio el Rojo en el Ejército, antes de que aparecieses por aquí como un hombre más tranquilo que John Wayne, y “mas bueno que el pan”, dicen los que te conocen. No creo que aparezcas más por aquí Julio, aunque quizá te marques un baile en la Feria con Rosalía en la caseta de Izquierda Unida y te tomes un mojito, como continuación de aquel café madrileño. Como el Bolívar del Nobel colombiano, fuíste de carrera meteórica, Pablo quiso auparte a los altares y ahora no sabes cómo escapar de tu propio laberinto.

Cuando los almerienses se estaban acostumbrado a tu carilla de abuelillo majo con parada y fonda en La Perla, van las urnas y te dan un zarpazo en el lomo

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