—Dime, mamá, ¿estás disfrutando más en este viaje conmigo o en el que hiciste con Irène?
—No seas celosa, Ève, son distintos. Cuando vine a España con tu hermana hace doce años, todo fue más intenso. Ten en cuenta que este país era muy distinto al que estamos recorriendo esta primavera. En el anterior me chocaron, por ejemplo, las diferencias sociales entre el ambiente de París y el de Madrid. Lo que recuerdo con horror es la pompa del recibimiento. El rey Alfonso XIII quiso agasajarnos con una ceremonia de bienvenida en el Teatro Real. Afortunadamente todo lo compensaron los encuentros con los investigadores. La comunidad científica se volcó con nosotras. En ese momento papá y yo, aunque él había fallecido hacía trece años, éramos, por decirlo así, muy célebres.
—Querrás decir que tu fama justificada obedece a que eras y eres la famosa investigadora con dos premios Nobel, con un esposo con uno, que no es lo mismo, mamá. Ay, Marie Curie, sigues hablando en plural por años que pasen. E Irène ha heredado tu vida y tu forma de pensar. Casarse con tu colaborador más cercano, el que ocupó el lugar de papá en vuestro laboratorio, fue toda una declaración de intenciones para el resto de su vida. Y si no me equivoco algún día serán lo más parecido a vosotros que jamás hubieseis podido soñar. Hasta puede que ganen otro Nobel y todo. ¿Cuánto hace que están juntos?
—Pues se casaron en el veintiséis y Helene nació un año después... hará cinco años ahora y alguno más de relaciones, ¿no?
—Exacto. Y yo creo que mi hermana está intentando quedarse otra vez embarazada. No hace mucho me dijo que le gustaría darle un hermanito a Helene antes de que pase más tiempo. Nos hace falta otro Pierre en la familia, ¿no crees?
—Eso estaría muy bien, Ève. Otro Pierre nuevecito para las Curie sería delicioso. Pero, ¿por qué no eres tú la que sienta la cabeza y fabrica ese niño?
—Mamá, ¡tanto radio te hace delirar! Yo soy joven todavía, tengo veintisiete años, muchos pretendientes y ganas de marearlos. Nada de matrimonio por ahora. ¡Hace apenas dos años que acabé mis estudios! Ahora quiero dar conciertos de piano por el mundo y calentar motores para ser escritora. Algún día escribiré tus memorias. No te rías, que es verdad. De hecho ya voy tomando notas. Así que estaré muy ocupada. Como ves tendrás que confórmate con la caterva de científicos que Irene y Frederic sean capaces de darte.
—Pues anteayer en Granada me pareció que aquel escritor con el que hablabas, por cierto, bastante bien en francés y que era pianista como tú, te dedicaba todas sus atenciones. A ver si vas a echarte un novio granaíno...
—Mamá, los ratones de laboratorio tenéis poco olfato para el resto de la vida en general.
—¿Y eso por qué lo dices, Ève? No me negarás que era simpático y tenía esa gracia flamenca propia de la gente del Sur.
—Sí, muy simpático y hablaba muy bien francés, de eso no me cupo la menor duda. Pero, créeme, ese señor tan pizpireto y bien perfumado, no va a ser tu yerno. El señor García es homosexual, mamá. Solo estaba interesado en el arte cuando me daba conversación en los jardines de la Alhambra.
—¿Estás segura? Pero si te sacó a bailar y te dio dos besos al terminar la pieza...
—Ay, mamá, siempre igual. Te voy a ofrecer la prueba científica para que me creas. Lo sé empíricamente porque, al terminar el baile, me estuvo hablando de la Residencia de Estudiantes donde estuvo alojado unos años en Madrid y donde intimó por primera vez con alguno de sus primeros novios, todos artistas de éxito en la actualidad. Ahora que ha llegado la República a España, se siente más liberado y, bueno, con dos copas de vino y el ambiente adecuado se atrevió a contármelo.
—Vaya, qué cosas... Yo que me había hecho ilusiones de que tuvieses un novio español, así, como el señor García. Lástima... Ya que no vas a ser otro ratón de laboratorio como nosotros, sino artista, me gustaría que eso nos sirviese para que los próximos Curie tuviesen sangre caliente.
—Marie Curie, sigues siendo la muchacha polaca que vive en su mundo, a pesar de que has cambiado el curso de la Historia, pero eso te hace tremendamente deliciosa. Ya veremos, todo a su tiempo, no seas casamentera.
(La voz de Almería)
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