Para conmemorar la jornada un grupo de ellos charlan con LA VOZ para compartir experiencias, sensaciones y risas, muchas risas.
Lo han hecho en el Centro Alborán situado en la avd Cabo de Gata; uno de los de más tradición entre los almerienses.
Una familia Sentados alrededor de la mesa conversan Nieves, José, Rosa, María P., María F., Consuelo, Antonio, Juan, Mª Dolores, Santiago y Ana. Son una algarabía, no paran de hablar y todos lo hacen desde un punto en común; la importancia que el Centro tiene para ellos.
“Es un hogar, casi más que mi casa. He encontrado una familia. He hecho muy buenos amigos y la comida de aquí es la mejor”, relata Santiago. “Son muy importantes las actividades que tenemos,” dice Antonio, y “sobre todo las de memoria, las de lectura” apunta Mª Dolores.
Aquí tienen un punto de encuentro, no se sienten solos y aunque según José “las autoridades podrían preocuparse un poco más por ellos” están satisfechos porque creen que se les valora mucho más que antes. Se sienten parte activa de la sociedad y “más ahora, con la crisis” apuntan varios al unísono. Y es que la mayoría no sólo son abuelos de visitas sino que ejercen como tales; cuidando y recogiendo a sus nietos “para que sus padres trabajen”, aseguran, “porque si no, hoy no se puede vivir”.
‘Consentidores’ Han asumido a la perfección el nuevo rol. Hay quienes se quejan de que “es duro tirar a diario del carrito” pero ahora los abuelos “somos consentidores, les damos todos los caprichos”.
Creen que es bueno que ellos puedan ahora disfrutar de todo lo que a ellos se les negó; “era otra época”, “no había nada”, confiesan aunque, “quizás éramos más felices porque valorábamos lo poco que teníamos”. Y ahora ya no queda nada de los juegos de siempre “no hay rayuelas, comba, elástico... sólo maquinitas” se quejan a la vez.
Nuevos tiempos Todo ha cambiado. Y también hay muchas cosas positivas como por ejemplo que sus hijos y ahora, nietos, puedan estudiar, formarse, ir a la escuela algo que muchos echaron de menos. “Yo soy analfabeta, no pude aprender a leer ni a escribir”, dice con pena María. “Pero todos mis hijos, sí”, añade satisfecha.
La conversación termina entre risas. Hay que volver a colocar las mesas en el comedor donde comienzan las comandas. Lo hacen reivindicando “más baile y actividades” y sobre todo que están contentos de haber llegado a abuelos, muchos bisabuelos. Y ¿saben qué es lo que más les satisface? Que sus nietos se sienten orgullosos de ellos, “somos su ejemplo”.
“El centro de mayores es nuestra segunda casa, aquí hemos encontrado amigos, una familia”
Comentarios
Publicar un comentario