Eran dos hombres. Dos toreros. Desde que arrancó el paseíllo estaba todo en sus manos porque iban a medir su torería, sus razones para ser toreros. Pocas veces todos los detalles tenían tanta importancia pero, como siempre, era el toro quien habría de decidir el resultad. El encierro de Benjumea defraudó por falta de fuerza, que no de casta.
Ruiz Manuel
Manuel Ruiz Valdivia abrió la tarde exhibiendo un capote largo y profundo en las verónicas de recibo. No importó que el toro levantara con violencia la cara: Ruiz Manuel ganó pasos hasta la boca de riego con autoridad y luego se lució en un galleo de lujo antes de regalar un quite tan variado como auténtico. La larga cambiada con la que había saludo al toro no fue un mero gesto.
El de Benjumea se entregó en el caballo con casta, poniendo en aprietos al picador, pero una vez más un excelente ejemplar de la cuadra de Bonijol fue capaz de mantener el tipo. Después, dos excelentes pares de Curro Vivas, reunidos y asomándose al balcón cargado de verdad.
Ruiz Manuel quiso torear por derecho después de brindar al cielo en recuerdo de su mozo de espadas. El animal se empeñó en cabecear y el almeriense hubo de fajarse en una tanda tras otra hasta sacarle a su enemigo los derechazos que no quería tragarse.
Tres tandas de derechazos a su segundo imprimieron con fuerza el sello del toreo de Ruiz Manuel en este mano a mano histórico. El toro quería caerse, pero el talento y la muñeca del torero le concedieron al animal la virtud de embestir con casta. Faena ordenada y armoniosa, sólo con la carencia de los naturales que el toro no quiso conceder. Por eso, el torero remató con unos elegantes ayudados por alto para quitarse el mal sabor de boca. El fallo a espadas le privó de recibir la justa recompensa a una excelente actuación.
Al tercero dejó que lo llevara al caballo su peón de confianza y luego le tomó con decisión la muleta para dibujar algunas tandas pese a la desidia del toro. ¿Qué pensaría el torero almeriense oyendo el pasodoble ‘Puerta grande’ al tiempo que la casta de su último toro se diluía entre un pase y otro?
Torres Jerez
Si Ruiz Manuel exhibió clasicismo con el percal en el que abrió Plaza, Torres Jerez hizo honor a su segundo apellido y cargó el capote de duende y de torería gitana.
Su primero también era partidario de ir con la cabeza alta y Francisco le administró unos ayudados por alto para abrir su faena. Luego, se encontró con la debilidad del animal, que perdía las manos y seguía empeñado en cortar la embestida y en no dejarse torear. Pero Torres Jerez le dio tiempo y espacio y consiguió aprovechar el fondo de casta de su enemigo en los naturales.
Su segundo salió débil de remos, contrayendo los cuartos traseros en la carrera. Se lo brindó a Manuel Cuesta y se conjuró para redondear el triunfo de su primero, sentado en el estribo para seguir de rodillas, llevándolo toreado cuanto el animal le permitió. El calor cuajó en los tendidos y Francisco lo quiso todo. Pero el animal se caía. Por eso, hubo de serenarse y pausar las tandas que fueron ganando sabor . Y luego, los naturales, templados, armoniosos y eficaces que pusieron al animal de su parte. De rodillas, acabó de caldear el ambiente. En el tercero, volvió a ser determinante la debilidad del toro. Francisco no quiso forzarlo y el animal acabó decidiendo la faena. Pero todo estaba decidido.
Ruiz Manuel lució un exquisito capote y firmó una gran faena a su segundo sin recompensa
Comentarios
Publicar un comentario